Este artículo, que publico apenas hoy, lo tenía escrito desde hace varios años cuando mi padre aun vivía y he querido que sea el primero en aparecer en mi blog.
La muerte de su santidad, el papa Juan Pablo II, quien falleció a los ochenta y cinco años, me hizo rememorar algo que leí en un libro titulado “COMO NOS LLEGA LA MUERTE”, en el cual el autor, cuyo nombre no recuerdo, médico de profesión, escribía que cuando fallece una persona de la llamada tercera edad, él se negaba a señalar como la causa de su muerte determinada falencia en los sistemas del cuerpo humano. "Simplemente muere de viejo" anotaba y relataba como había visto marchitar la vida de su abuela, quien lo había criado, comprendiendo entonces desde la perspectiva de un profesional de la medicina, ese proceso lento e inevitable que había culminado con la muerte de su ser querido . En Colombia el promedio de vida es de setenta y dos años, barrera que mi padre supero hace mucho tiempo, pues hoy cuenta con mas edad de la que tenía el papa Juan Pablo II cuando falleció.
A mi padre lo veo poco, aunque estoy pendiente de él a todo momento, y cada encuentro siempre dista del siguiente de manera considerable debido a las obligaciones propias del trabajo. En la última oportunidad que estuve a su lado, me detuve a repasarlo milimétricamente mientras seguía sus relatos y anécdotas repetidas, algunas de las cuales conozco de memoria, pero que siempre será un placer escuchar de su voz. Su marcha ahora es dificultosa; su pelo es casi inexistente y su visión esta disminuida; alguna de sus piezas dentales han perdido su anclaje; su hablar, aunque más coherente que siempre, es lento y pausado; y lo mas impactante, encontré su mente dispuesta para el final. Me dijo que a sus años, vivir significa una cosa muy diferente a lo que significó en otra época para él. Ya no habla de sus propiedades, ahora habla de nuestra heredad y ha dispuesto una suma de dinero en el banco destinada solo a ser utilizada en su funeral. Me dijo además que después de ver crecer seis hijos, diecisiete nietos y seis biznietos ya le quedaba muy poco por hacer en la vida y esperaba la muerte tranquilamente sintiendo su deber cumplido. Solo expreso un temor a su tiempo: quedarse sin su compañera de siempre si esta partiese primero.
Papá no padece enfermedad destacable, simplemente su cuerpo, que no conoce lo que es una cirugía, acusa el paso de los años y su mente presagia lo que sus palabras anuncian: el fin.
Durante el tiempo que he laborado como policía, he tenido que presenciar escenas dramáticas y dolorosas de las tragedias cotidianas, pero ninguna tan cruenta como aquella donde el dolor consume al padre cuando deposita en la tumba el cuerpo de su joven hijo, muerto casi siempre de manera catastrófica. Se dice que la diferencia entre la guerra y la paz, radica en que durante la guerra, los padres deben enterrar a sus hijos y en tiempos de paz los hijos entierran a sus padres, lo cual comparto. Dios ha sido benigno con mi padre quien se siente afortunado por no haber tenido que vivir el mundo al revés sufriendo el dolor de perder un hijo.
La muerte de su santidad, el papa Juan Pablo II, quien falleció a los ochenta y cinco años, me hizo rememorar algo que leí en un libro titulado “COMO NOS LLEGA LA MUERTE”, en el cual el autor, cuyo nombre no recuerdo, médico de profesión, escribía que cuando fallece una persona de la llamada tercera edad, él se negaba a señalar como la causa de su muerte determinada falencia en los sistemas del cuerpo humano. "Simplemente muere de viejo" anotaba y relataba como había visto marchitar la vida de su abuela, quien lo había criado, comprendiendo entonces desde la perspectiva de un profesional de la medicina, ese proceso lento e inevitable que había culminado con la muerte de su ser querido . En Colombia el promedio de vida es de setenta y dos años, barrera que mi padre supero hace mucho tiempo, pues hoy cuenta con mas edad de la que tenía el papa Juan Pablo II cuando falleció.
A mi padre lo veo poco, aunque estoy pendiente de él a todo momento, y cada encuentro siempre dista del siguiente de manera considerable debido a las obligaciones propias del trabajo. En la última oportunidad que estuve a su lado, me detuve a repasarlo milimétricamente mientras seguía sus relatos y anécdotas repetidas, algunas de las cuales conozco de memoria, pero que siempre será un placer escuchar de su voz. Su marcha ahora es dificultosa; su pelo es casi inexistente y su visión esta disminuida; alguna de sus piezas dentales han perdido su anclaje; su hablar, aunque más coherente que siempre, es lento y pausado; y lo mas impactante, encontré su mente dispuesta para el final. Me dijo que a sus años, vivir significa una cosa muy diferente a lo que significó en otra época para él. Ya no habla de sus propiedades, ahora habla de nuestra heredad y ha dispuesto una suma de dinero en el banco destinada solo a ser utilizada en su funeral. Me dijo además que después de ver crecer seis hijos, diecisiete nietos y seis biznietos ya le quedaba muy poco por hacer en la vida y esperaba la muerte tranquilamente sintiendo su deber cumplido. Solo expreso un temor a su tiempo: quedarse sin su compañera de siempre si esta partiese primero.
Papá no padece enfermedad destacable, simplemente su cuerpo, que no conoce lo que es una cirugía, acusa el paso de los años y su mente presagia lo que sus palabras anuncian: el fin.
Durante el tiempo que he laborado como policía, he tenido que presenciar escenas dramáticas y dolorosas de las tragedias cotidianas, pero ninguna tan cruenta como aquella donde el dolor consume al padre cuando deposita en la tumba el cuerpo de su joven hijo, muerto casi siempre de manera catastrófica. Se dice que la diferencia entre la guerra y la paz, radica en que durante la guerra, los padres deben enterrar a sus hijos y en tiempos de paz los hijos entierran a sus padres, lo cual comparto. Dios ha sido benigno con mi padre quien se siente afortunado por no haber tenido que vivir el mundo al revés sufriendo el dolor de perder un hijo.
Entonces, escuchando sus palabras plenas de sabiduría, di gracias al todopoderoso, pues al presenciar su ocaso altivo, no obstante sentirme invadido por la tristeza al evocar tantas cosas compartidas a su lado, sentí que el mundo giraba al derecho: mi padre se muere de viejo.