El crecimiento de las ciudades del mundo y las exigencias de las sociedades modernas que cada día transforman el estilo de vida de los habitantes de los pueblos, son fenómenos que obligan a replantear diariamente las normas de convivencia ciudadana y las actividades que los policías, cumplimos en procura de lograr que existan las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y el disfrute de las libertades públicas. En Colombia, aunado al desarrollo urbanístico y al crecimiento demográfico, los flagelos que azotan nuestra patria han hecho evolucionar una policía única en su genero, al punto que hoy para nuestro orgullo, exporta conocimientos brindando asesoría y entrenamiento a personal de otras instituciones policiales del mundo, constituyéndose además en pilar fundamental de la estructura del estado.
A menudo escuchamos a los conciudadanos, evocar con nostalgia los tiempos del policía de la cuadra o del barrio, hecho que nos obliga a efectuar ingentes esfuerzos en procura de recuperar la cercanía con el pueblo, el cual en algún momento se distancio de su policía, tal vez cuando ésta obligada por las circunstancias, debió fortificar sus estaciones con murallas y trincheras, para defenderse de los grupos armados ilegales que habían adquirido un inusitado poder de destrucción.
Para recuperar ese contacto con la ciudadanía, quienes son lo más importante para la institución, se hacen ingentes esfuerzos y existen varios trabajos de policía comunitaria, entre ellos los frentes de seguridad local, mecanismo mediante el cual, se busca que las personas tengan contacto directo con el policía de su sector y le presten el apoyo a su servicio, especialmente con el suministro de información oportuna, intentando de esta manera compensar el aumento creciente del área de cobertura.
En así como en pueblos, campos y ciudades, para atender las necesidades de la comunidad, de sol a sol los policías nos adentramos en lo mas profundo de sus entrañas; de norte a sur; de este a oeste; de las comodidades que maravillan a la miseria absoluta; de la alegría al dolor; del festejo al lamento; siendo testigos fieles de cada amanecer y de cada puesta de sol. Este contacto nos permite planear con conocimiento de causa el servicio de vigilancia en cada rincón del país donde prestamos nuestro servicio, en procura de mantener los estándares de seguridad.
Para comprender el accionar de la institución, es importante recordar que los integrantes de la Policía Nacional, hemos sido seleccionados entre los hijos de la misma nación a la que hoy servimos, y por tanto, somos inseparables del pueblo ante quienes un día juramos ser guardianes incansables de la justicia y el orden y mas que a nadie nos duelen sus tribulaciones, que son las mismas que sufren nuestras propias familias. Aunque en ocasiones se nos señala de llegar tarde, y quien protesta, sea cual fuese el motivo, usual e injustamente nos mira con disgusto como su contrincante, la comunidad puede tener la absoluta certeza y confianza que cuando acuda a nuestra institución, siempre encontrara una mano amiga. La misma mano que casi simultáneamente, y con la misma humildad, es brindada a una hermosa representante de la belleza colombiana ayudándola a descender por la escalinata de sus sueños, o a un anciano desvalido ayudándole a cruzar la calle, para luego teñirse del rojo intenso de la sangre que el afilado estilete de la intolerancia, en disputa por una diferencia banal, ha hecho brotar del costado del pueblo, representado en aquel joven casi niño, cuyos ojos suplicantes nos impulsan a correr por su vida, sorteando de prisa los baches en las laderas de aquella comuna distante.
A menudo escuchamos a los conciudadanos, evocar con nostalgia los tiempos del policía de la cuadra o del barrio, hecho que nos obliga a efectuar ingentes esfuerzos en procura de recuperar la cercanía con el pueblo, el cual en algún momento se distancio de su policía, tal vez cuando ésta obligada por las circunstancias, debió fortificar sus estaciones con murallas y trincheras, para defenderse de los grupos armados ilegales que habían adquirido un inusitado poder de destrucción.
Para recuperar ese contacto con la ciudadanía, quienes son lo más importante para la institución, se hacen ingentes esfuerzos y existen varios trabajos de policía comunitaria, entre ellos los frentes de seguridad local, mecanismo mediante el cual, se busca que las personas tengan contacto directo con el policía de su sector y le presten el apoyo a su servicio, especialmente con el suministro de información oportuna, intentando de esta manera compensar el aumento creciente del área de cobertura.
En así como en pueblos, campos y ciudades, para atender las necesidades de la comunidad, de sol a sol los policías nos adentramos en lo mas profundo de sus entrañas; de norte a sur; de este a oeste; de las comodidades que maravillan a la miseria absoluta; de la alegría al dolor; del festejo al lamento; siendo testigos fieles de cada amanecer y de cada puesta de sol. Este contacto nos permite planear con conocimiento de causa el servicio de vigilancia en cada rincón del país donde prestamos nuestro servicio, en procura de mantener los estándares de seguridad.
Para comprender el accionar de la institución, es importante recordar que los integrantes de la Policía Nacional, hemos sido seleccionados entre los hijos de la misma nación a la que hoy servimos, y por tanto, somos inseparables del pueblo ante quienes un día juramos ser guardianes incansables de la justicia y el orden y mas que a nadie nos duelen sus tribulaciones, que son las mismas que sufren nuestras propias familias. Aunque en ocasiones se nos señala de llegar tarde, y quien protesta, sea cual fuese el motivo, usual e injustamente nos mira con disgusto como su contrincante, la comunidad puede tener la absoluta certeza y confianza que cuando acuda a nuestra institución, siempre encontrara una mano amiga. La misma mano que casi simultáneamente, y con la misma humildad, es brindada a una hermosa representante de la belleza colombiana ayudándola a descender por la escalinata de sus sueños, o a un anciano desvalido ayudándole a cruzar la calle, para luego teñirse del rojo intenso de la sangre que el afilado estilete de la intolerancia, en disputa por una diferencia banal, ha hecho brotar del costado del pueblo, representado en aquel joven casi niño, cuyos ojos suplicantes nos impulsan a correr por su vida, sorteando de prisa los baches en las laderas de aquella comuna distante.