martes, 18 de agosto de 2009

LÁGRIMAS DE POLICIA

El prodigio de la mente humana me permite recordar con claridad meridiana cuando era niño y las lágrimas acudían a mis ojos como respuesta a cualquier golpe, rabieta o simplemente deseos de llamar la atención "Los hombres no lloran" decía papá como uno de sus recursos para tratar de detener mis lágrimas.
Hoy, muchos años después, una vez más he recordado las palabras cariñosas de papá y constatado que los hombres si lloran sin importar cuan rudos o viejos sean. Hoy vi y sentí correr lágrimas de hombres policías.
Contrario a lo apacible de la muerte de papá, quien hace año y medio rindió tributo al hecho de ser mortal, noventa años después de ver la luz del día, el señor Brigadier General de la Policía Nacional Valdemar Franklin Quintero veinte años atrás sintió en su pecho pletórico de sueños, el golpe injusto de las balas asesinas que, sicarios a sueldo del narcotráfico alojaron en su cuerpo, en un intento desesperado de criminales acorralados por tratar de silenciar la voz altiva de aquel hombre honesto, policía integro quien jamás cedió un centímetro en su lucha contra el delito, fiel hasta la última gota de sangre a su juramento. De la muerte de mi coronel, ascendido de manera póstuma al grado de Brigadier General se cumplen en este mes veinte años y hoy asistí a un homenaje en su memoria.
Corrieron lágrimas. Mientras escuchaba las palabras de su hijo en aquella sentida ceremonia, vi como las lágrimas de aquel hombre policía humedecian las hombreras de su guerrera verde aceituna, la misma que veinte años atrás se tiño con la sangre de su padre. No pude, ni quise evitar que sucediera igual con la mía al recordar la imagen de mi amado padre. Entonces, mentalmente hice una comparación entre aquellos destinos, entre aquellas dos historias de vida.
Aunque aun nos duele su ausencia, papá murió de la enfermedad de la cual deberían morir todos los humanos. De viejo. Murió después de recorrer el camino completo, de ver crecer sus hijos, de compartir con nietos y biznietos, a cambio, asumo que mi general Franklin debió separarse de sus hijos para acudir a la cita con el creador, cuando estos apenas eran niños.
Las palabras ahogadas por los sollozos de aquel hijo policía, fueron el mejor homenaje que un hijo puede rendir a su padre. Las sentí preñadas de sinceridad, rebosantes de humildad, pletóricas de amor, acompañadas de anhelada resignación, desprovistas de humano rencor. En el tono de aquella voz y la interpretación de sus fonemas pude encontrar el mensaje de un hombre quien ha encontrado en la profesión heredad de su padre, la mejor manera de sentirlo, de vivirlo, de materializarlo y llevarlo más allá del tiempo a las nuevas generaciones.
En nuestro país como en casi todo el mundo, es común observar grandes homenajes póstumos a personas con reconocimiento público, dejando a veces de lado a héroes anónimos sin cuya entrega desinteresada no tendríamos la patria que hoy tenemos. Ese es el caso de los mártires de la policía, a quienes hoy por intermedio de mi general Franklin, haciendo un alto en el camino, recordamos con cariño y gratitud inmarcesible.
Mi general, descanse en paz al lado de los héroes de nuestra patria. Si por casualidad llegase a encontrarse con papá en los predios del todopoderoso, no deje de escucharle cantar a capela muchachita de campo, como lo hacía para mi en sus mejores tiempos. Cuentele que apenas la semana pasada tuve el ánimo para hacer esculpir su nombre en la piedra que cubrirá su tumba allá en ese pequeño espacio de mi pueblo donde reposa su cuerpo.