En la edición 1433 de la revista SEMANA fue publicado un artículo titulado "LOS PECADOS DE MI PADRE" en el cual se reseña la manera como se dio el encuentro entre el hijo del extinto narcotraficante Pablo Escobar y los hijos de dos personas asesinadas por este, Luis Carlos Galán Sarmiento y Rodrigo Lara, en el encuentro, el hijo del ciudadano Escobar de ingrata recordación para los Colombianos, pidió perdón a los hijos de sus víctimas por los pecados de su padre. Además se anuncia la difusión de un documental al respecto.
Acudió entonces a mi el recuerdo de mi progenitor, a quien he dedicado la mayoría de artículos de este blog, y cuya desaparición increíblemente ya se acerca a los dos años de acaecida. No pude hacer nada más que maravillarme con su memoria, con sus recuerdos, con sus consejos de hombre ilustrado, vivido, experto en la vida, quien siempre quiso lo mejor para sus hijos y quien en sus charlas conmigo que se asemejaban a una instrucción de relación general (cantaleta pensaba yo en su momento) pronunciaba con palabras descarnadas lo que debe ser un verdadero hombre de bien:
- Por encima de cualquier persona debes querer a tu mamá y, si te sobra espacio en tu corazón para mi, entonces la mejor forma de demostrármelo será con tus actuaciones.
- Si un día por circunstancias ajenas a tu voluntad, designios del destino o que alguien o algo injusto te provocase y en defensa de tu honor o tu familia cometieras un delito que te condujera a la cárcel, yo te visito; pero si esto ocurriese porque simplemente eres un pícaro, ese día digo que tu NO eres hijo mio.
- Debes ser siempre un hombre en todo el sentido y un caballero a carta cabal para que tu palabra tenga valor.
De manera que recordando estas palabras de mi padre y otras más y, leyendo el artículo en mención, desmenuce el título y me hice una pregunta concordante con éste. ¿Cuáles y cuántos pecados le conocí a mi padre? y más allá ¿A quien o quienes debería pedirle perdón por él? Entonces como luz en el firmamento, semejando el resplandor emanado por juegos pirotécnicos, encontré la respuesta dibujada con letras azul profundo que hicieron emocionar mi corazón: Ninguno. Nada de que arrepentirse; nada de que avergonzarse; por el contrario, mucha grandeza, mucho corazón y enteresa, mucha heredad para mostrar a las nuevas generaciones.
Entonces mentalmente agradecí a mi padre por sus enseñanzas y su recuerdo. Recuerdos que en honor a la verdad, me dicen que tal vez sería oportuno efectuar el reconocimiento de algún pecadillo, pues repasando los pecados capitales, encuentro que el segundo es la gula y entonces allí si es necesario aceptar que hay algo que confesar, mi padre incurría en gula por la felicidad y por el buen comer para él y su familia. De manera que no queda más remedio que reconocer estos pecados de mi padre, de los cuales fui testigo, participe y cómplice, y los cuales papá, te ruego que repitas una y mil veces cuando nos volvamos a encontrar, para degustar otra vez dos rondas en el rodizio, generosamente acompañadas de cerveza bien helada y con la irreemplazable compañía de tus palabras que hoy llevo grabadas en mi mente.