lunes, 22 de febrero de 2010

QUINCE AÑOS

Bogotá D.C. Febrero 20 del 2010
Padre:
El día en que mi hija cumplió sus quince años, la luz del sol me sorprendió abandonando tierras de un país extraño donde el huso horario esta adelantado en ciento ochenta minutos. Abordo del avión que me condujo de regreso al hogar para estar a su lado, la larga travesía me dio tiempo suficiente para repasar mi vida, especialmente desde el día en que mi hija llegó a este mundo como un regalo de Dios. El tiempo camina presto casi siempre, pero vuela cuando se es feliz, y yo he sido feliz simplemente viéndola crecer, viviendo su existencia. Quince años y parece como si hubiese transcurrido solo un instante desde cuando la vi por vez primera. Ese día largo de espera transcurrió en el hospital y eran casi las diez de la noche cuando el médico abrió la puerta de la sala de maternidad y la deposito en mis brazos. Me es imposible describir la sensación que entonces experimenté en su presencia. En el escaso minuto que me permitieron tenerla, repase su delicado rostro mil veces y la besé otras más con la sutileza del artesano quien moldeando un cristal teme quebrarlo. Cuando la llevaron de mi lado, me pareció que sus ojos se abrieron por un instante y me miraron, también que su boca dibujo una leve sonrisa para mi. Luego me veo ahí, solo, como desconcertado, absorto por el instante vivido y feliz de haber tenido en mis brazos el ser encargado de prolongar mi existencia en la tierra.
Desde entonces mi vida cambio y el mundo tiene un nuevo eje sobre el cual gira. !Que feliz he sido viéndola crecer! Que hermoso ha sido acompañar sus primeros pasos, enseñarle sus primeras sílabas, disfrutar su sonrisa y escuchar de su boca esa palabra mágica: papá.
Como padre, es fantástico sentir que cada cosa que pasa, parece la repetición de mi propia vida, como si estuviese viviendo otra vez esas bellas épocas al lado tuyo. Los sitios cambian pero la emoción es la misma. El primer uniforme para ir al colegio, los dientes que se caen dejando en el rostro una sonrisa irrepetible, las travesuras y rabietas, el disfrute de verla reir, la angustia en sus dolencias y la esperanza de un futuro pletórico de ilusiones donde la primavera jamás sucumbe ni ante el mas crudo de los inviernos.
Por cosas del destino, mi hija no compartió mucho contigo padre mío, pero desde tu lugar en el cielo, puedes ver perfectamente que es una réplica de nuestras costumbres, de nuestros gustos, de nuestra forma de ver la vida y de la generosidad que acompañó cada uno de tus actos.
El camino de la vida sigue su intrincado recorrido igual que la vía que conduce a nuestro pueblo y ahora cuando su existencia se encuentra en esplendor, sus quince años son él momento preciso para recordarte a través de tus enseñanzas, las cuales permanentemente evoco y hace un año trate de resumir para ella en una carta de la cual guardo copia que de vez en cuando repaso, donde cada sílaba está impregnada del cariño que tuviste para mi.
Te extraño más que siempre.
J...