Para todos un feliz año.
Como por arte de magia el tiempo nos ubica ya en el año 2009 y para mis amigos de profesión compañeros de curso, en pocos días (exactamente siete) se cumplirán veinticinco años físicos de haber abandonado nuestras melenas y bigotes para poder enfundarnos en el uniforme verde aceituna. Aunque algunos ya no lo portan y otros ya no están con nosotros en esta vida, parece que eso fue ayer. Luego si veinticinco años no han sido nada, un año de la muerte de papá, que se cumple el próximo seis de enero, es solo un abrir y cerrar de ojos. El tiempo impasible, ha logrado atenuar un poco el dolor de su ausencia y ahora su grato recuerdo genera menos nostalgia y más tranquilidad, al evocarlo como el gran hombre que fue y de quien seguro soy una copia muy aproximada. Copia de su forma de pensar y de ver la vida, de defender su punto de vista aunque para otros eso parezca capricho, de amar la familia con devoción religiosa y respetar a nuestros semejantes como hermanos en cristo que somos, tratando siempre de hacerles el bien.
En fin, bienvenido 2009, aunque sea el primer año que se inicia sin la presencia terrenal de papá pero con muchas expectativas para el futuro, futuro próximo o casi presente, donde veo nuestros descendientes ocupando nuestro lugar. Es increíble observar como ya nuestros hijos empiezan sus estudios universitarios e inclusive algunos como profesionales ya han ingresado al mundo laboral. Creo que no supimos cuando ocurrió eso, y al encontrar los viejos amigos el tiempo se detiene como si nunca hubiese pasado. Pero pasó, y se llevó nuestro pelo, o lo ha blanqueado; y ha aminorado nuestras fuerzas en la medida en que ha aumentado nuestros vientres; y ha traspasado esa vitalidad a nuestros descendientes, en quienes nos congratulamos observándolos rebosantes de losanía, esgrimiendo esos bríos que sentimos en otros tiempos.
Leí hace poco, que la vida de un hombre no se mide por los años que vive sino por la felicidad que genera durante el tiempo que existe. En el caso de papá, quiero agradecer a Dios por permitirle irradiarnos felicidad extrema durante noventa años. Tanta felicidad, que aun hoy un año después de su partida, hace que su luz brille como nunca sobre nosotros tan intensamente como si fuese el medio día del solsticio de verano, justo como si apenas empezara la canícula.
Descansa en la paz de Dios padre mio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario