Este mes de Octubre se cumplen nueve meses de la muerte de mi padre, coincidencialmente el tiempo que tarda un nuevo ser desde su concepción para llegar a la vida. Pero esta vez el proceso es inverso. Quiero con este mensaje, que además de mi sentir, recopila alguna información sobre el tema, compartirles sentimientos vividos desde la partida de papá.
El padre del sicoanálisis Sigmund Freud le contesta a Wilheim Flíess, su amigo, una carta enviada por este con ocasión de la muerte del padre de Freud, quien había fallecido el 23 de 0ctubre de 1896 y en esa carta, del 2 de noviembre de ese mismo año Freud escribe:
“Me cuesta mucho escribir justamente ahora que he dejado pasar tanto tiempo, para agradecerte las conmovedoras palabras de tu carta. Por uno de esos senderos oscuros que pasan por detrás de la conciencia formal, la muerte de mi padre me ha afectado profundamente. Yo lo estimaba muchísimo y lo comprendía perfectamente y con esa mezcla de profunda sabiduría y romántica alegría, tan peculiar en él, significó mucho para mí. Sin duda alguna su vida en sí ya había terminado hace tiempo, pero su muerte real ha hecho revivir en mí todos mis sentimientos más tempranos. Ahora me siento completamente desamparado.”
Desamparado, desconcertado, desorientado, confundido, melancólico, ¿cómo podría describir mi estado emocional? Nueve meses han sido un instante desde la muerte de papá, no obstante ser consciente, como Freud, que su vida antes del final, no era lo que solio ser para un hombre que estuvo al frente de su negocio aun después de los ochenta años, pero ni aun esa realidad podría siquiera hacer intuir el dolor generado por su “muerte real” como escribe Freud. Dolor que aunque sea indescriptible, lo asemejaría a una opresión en el alma, un lecho de espinos para el espíritu, un tormento intangible para la vida, resumido simplemente en dolor y más dolor. Pero ¿que duele exactamente para que este dolor sea indescriptible? Es difícil puntualizar lo infinito, porque duele todo. Duele vivir, duele pensar, duele ser, duele no ser, duele haber nacido. Duele el pasado y sus recuerdos; duele el presente y el transcurrir del tiempo; duele el futuro donde solo estarán los remembranzas. Duelo lo malo, duele lo bueno; duele la sangre que corre por el cuerpo. Justamente por el dolor experimentado se llega a vivir el duelo, que los científicos definen así:
La palabra duelo deriva del latín dolus, que significa dolor. El duelo no es un sentimiento único, sino más bien una completa sucesión de sentimientos que precisan cierto tiempo para ser superados, no siendo posible el acortar este periodo de tiempo. El duelo tiene lugar tras cualquier clase de pérdida, aunque suele ser más intenso tras el fallecimiento de algún ser querido. Es la respuesta emotiva a la pérdida de alguien o de algo que es importante para nosotros. Es el precio que pagamos por el amor que profesamos a la persona perdida.
La intensidad del duelo no depende de la naturaleza de lo perdido, sino del valor que le atribuyamos. La biografía de toda persona está sembrada de un cúmulo de pérdidas, que recuerdan constantemente la precariedad y provisionalidad de todo vínculo y de toda realidad. Todos conocemos la fecha de nuestro nacimiento pero ninguno conoce la de su muerte. La muerte se silencia porque tenemos miedo a hablar de ella. La muerte de un ser querido es una gran responsabilidad y una carga pesada para los sobrevivientes. Cuando el funeral ha terminado, la familia finalmente queda sola. En ese momento comienza su propio proceso de duelo.
Nueve meses después de la partida de papá, no sé con exactitud en cuál de las cuatro etapas de que hablan los estudiosos se encontraré mi duelo, solo sé que la vida debe seguir y en el fondo de mi alma creyente, agradecer al todopoderoso por permitirme vivir ese sentimiento de pesar, como precio por el amor que le profese a mi padre: el duelo.
El padre del sicoanálisis Sigmund Freud le contesta a Wilheim Flíess, su amigo, una carta enviada por este con ocasión de la muerte del padre de Freud, quien había fallecido el 23 de 0ctubre de 1896 y en esa carta, del 2 de noviembre de ese mismo año Freud escribe:
“Me cuesta mucho escribir justamente ahora que he dejado pasar tanto tiempo, para agradecerte las conmovedoras palabras de tu carta. Por uno de esos senderos oscuros que pasan por detrás de la conciencia formal, la muerte de mi padre me ha afectado profundamente. Yo lo estimaba muchísimo y lo comprendía perfectamente y con esa mezcla de profunda sabiduría y romántica alegría, tan peculiar en él, significó mucho para mí. Sin duda alguna su vida en sí ya había terminado hace tiempo, pero su muerte real ha hecho revivir en mí todos mis sentimientos más tempranos. Ahora me siento completamente desamparado.”
Desamparado, desconcertado, desorientado, confundido, melancólico, ¿cómo podría describir mi estado emocional? Nueve meses han sido un instante desde la muerte de papá, no obstante ser consciente, como Freud, que su vida antes del final, no era lo que solio ser para un hombre que estuvo al frente de su negocio aun después de los ochenta años, pero ni aun esa realidad podría siquiera hacer intuir el dolor generado por su “muerte real” como escribe Freud. Dolor que aunque sea indescriptible, lo asemejaría a una opresión en el alma, un lecho de espinos para el espíritu, un tormento intangible para la vida, resumido simplemente en dolor y más dolor. Pero ¿que duele exactamente para que este dolor sea indescriptible? Es difícil puntualizar lo infinito, porque duele todo. Duele vivir, duele pensar, duele ser, duele no ser, duele haber nacido. Duele el pasado y sus recuerdos; duele el presente y el transcurrir del tiempo; duele el futuro donde solo estarán los remembranzas. Duelo lo malo, duele lo bueno; duele la sangre que corre por el cuerpo. Justamente por el dolor experimentado se llega a vivir el duelo, que los científicos definen así:
La palabra duelo deriva del latín dolus, que significa dolor. El duelo no es un sentimiento único, sino más bien una completa sucesión de sentimientos que precisan cierto tiempo para ser superados, no siendo posible el acortar este periodo de tiempo. El duelo tiene lugar tras cualquier clase de pérdida, aunque suele ser más intenso tras el fallecimiento de algún ser querido. Es la respuesta emotiva a la pérdida de alguien o de algo que es importante para nosotros. Es el precio que pagamos por el amor que profesamos a la persona perdida.
La intensidad del duelo no depende de la naturaleza de lo perdido, sino del valor que le atribuyamos. La biografía de toda persona está sembrada de un cúmulo de pérdidas, que recuerdan constantemente la precariedad y provisionalidad de todo vínculo y de toda realidad. Todos conocemos la fecha de nuestro nacimiento pero ninguno conoce la de su muerte. La muerte se silencia porque tenemos miedo a hablar de ella. La muerte de un ser querido es una gran responsabilidad y una carga pesada para los sobrevivientes. Cuando el funeral ha terminado, la familia finalmente queda sola. En ese momento comienza su propio proceso de duelo.
Nueve meses después de la partida de papá, no sé con exactitud en cuál de las cuatro etapas de que hablan los estudiosos se encontraré mi duelo, solo sé que la vida debe seguir y en el fondo de mi alma creyente, agradecer al todopoderoso por permitirme vivir ese sentimiento de pesar, como precio por el amor que le profese a mi padre: el duelo.




