viernes, 28 de marzo de 2008

LA MUERTE DE PAPÁ

Hasta aquel día, consciente a medias de los designios de la vida, tan solo en pensamientos que usualmente evitaba, había imaginado el sentimiento que produce la muerte de un ser querido. Pero aun en mi imaginación más fatalista, cual lejos estaba de comprender de que intensidad es la tribulación, ni cual hondo es el dolor sobreviniente a la muerte de un padre. Lo supe al escuchar la voz de mi hermano entrecortada por los sollozos, quien desde el otro lado del teléfono sin preámbulos me hizo el aciago anuncio: en sus brazos, a los noventa años papá había rendido tributo a la naturaleza de ser humano.
Si bien desde hacía algún tiempo trataba de digerir la idea que su deceso se podría producir en cualquier momento debido a su edad avanzada y a una deficiencia pulmonar que le había sido descubierta unos meses atrás, en lo profundo de mi corazón abrigaba la esperanza de disfrutar la simple noticia de su existencia por mucho tiempo más, así fuese en la distancia.
Pero las leyes de la vida son innegociables y el altísimo dispuso aquella tarde soleada del seis de enero del 2008, que su vida terrenal culminase, dejando un vacio insoportable en el corazón de todos aquellos quienes por su favor disfrutamos de su existencia.
Superado el choque inicial de la noticia, me apresuré a enfilar rumbo a casa sorteando aquel sinuoso camino, el mismo por donde había transitado infinidad de veces pletórico de emoción por el regreso al hogar, muchas veces en su compañía. Sin poner digerir el sinsabor de la amargura, intenté prepararme mentalmente para resistir el impacto que representaría no encontrar a papá en casa como siempre, irradiando optimismo con su sonrisa eterna, sino dueño de un desconocido mutismo embargado por el frio de la muerte.
Al llegar al hogar, el cuadro que encontré fue exacto como lo había imaginado, en mitad de la sala de la casa, a la usanza de los pueblos, escoltado por cuatro cirios de luz titilante que celosamente hacían guardia, un ataúd de madera color caoba permanecía impasible conteniendo el cuerpo de mi amado padre. Parecía estar dormido, con sus manos cruzadas acomodadas sobre el pecho y su rostro relajado, sereno, noble, gallardo, como si antes de morir hubiese tenido tiempo de ensayar aquel gesto de humilde altivez. Lo contemple largamente con el pecho anudado por el dolor, y sobre su féretro, derramé las lágrimas que el dolor hizo aflorar a cántaros en el manantial de mis ojos enrojecidos y permanecí a su lado hasta cuando su vertimiento me trajo un poco de serenidad, entonces, mentalmente di gracias a Dios por poder estar allí acompañando a mi padre a cumplir su cita con el destino, tal como serenamente y sin miedo al final él lo expresaba; tal como el se preciaba haberlo hecho en su momento con la abuela con quien convivió hasta el final de sus días.
Todo fue tristeza. Tristeza al acompañar el desespero de mi octogenaria madre, quien inconsolable, no paraba de llorar por el único hombre que amo en su vida a cuyo lado vivió por seis décadas, sorteando como un solo ser las vicisitudes de la vida y levantando esa hermosa familia de la que ahora sobrevivimos seis hijos, diecisiete nietos y seis biznietos. Tristeza al recordar las cosas vividas y tener que aceptar que lo que ayer fue, ya no lo será más. Tristeza al tratar de comprender la vida que nos trazo diferentes caminos, los cuales solo volvieron a confluir para estar allí reunidos por la partida de papá, después de dieciséis años de no estarlo. Tristeza y más tristeza. Tristeza interrumpida momentáneamente por la inocencia del menor de los nietos quien acercándose a mí, a sus cinco años y con palabras inocentes me regaló la certeza que papá vivió hasta el último minuto en su ley y en ella murió; tal como lo conocí; tal como lo recordaré y él siempre lo deseó. Sentado en su sillón preferido, enjugaba mis lágrimas incesantes cuando su voz aguda me interpelo.
- Los hombres no lloran.
- A veces si – contesté acariciando sus cabellos.
- Pero el abuelo es un regañón – Continuo.
- ¿Cuál abuelo? – le indague.
- El que esta durmiendo en el cajón, esta mañana me regaño – dijo por toda respuesta y corriendo se alejo.
Lo demás, fue como en cualquier funeral de los que hasta entonces había asistido; familiares apesadumbrados, amigos solidarios, olor de flores y el reencuentro con la fe en el Dios de nuestros ancestros confiados en su promesa del reencuentro en la vida eterna, el mismo Dios que me regaló la fortaleza necesaria para, desatando el nudo de mi garganta, pronunciar unas palabras de despedida en su funeral.
Finalmente, sentí que el mundo era otro al dejar solo el cuerpo amado de papá en una fría tumba del camposanto de mi pueblo, en cuya entrada, recordándonos que somos mortales y sin importar el tiempo que el Altísimo nos regale el final siempre es el mismo, se puede leer en letras gastadas la cruda sentencia:
“AQUÍ TERMINAN LAS VANIDADES DEL MUNDO”
Mentalmente dije - adiós papá, hasta siempre - y con el alma partida en mil pedazos, ya sin él, regresamos al vacio de nuestra casa, esa casa que para nosotros, papá forjó con la firmeza de su mano protectora.

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